lunes, 11 de febrero de 2013

sinóptico

En aquel burdel,  las chicas estaban sentadas en taburetes a lo largo de la barra y  se reflejaban en el espejo rosa que había detrás de las botellas. La camarera me miró a los ojos. Bien pudiera haber servido copas en las terrazas del infierno, y al mismo tiempo, tenía ese aspecto frágil que tienen las damas de honor de las películas americanas. Le pedí una copa, me miró, y eché de menos el crucifijo que regalé en otra ocasión a una fulana que quería ser peluquera. El micropunto me había dado una percepción intrusa del lugar, el lugar no estaba en mí. El tipo del espejo no era yo, era otro que no había querido venir.     

En aquel momento me di cuenta de que lo difícil es llegar pronto a los lugares donde te vas a encontrar contigo, y lo imposible que es no quedarte en ellos a vivir un tiempo. Ya no recuerdo cuando empecé a ver mi vida con distancia pero de lo que estoy seguro, es que no pude librarme durante el camino de sentirme como un vendedor de la once al que se le ha perdido el perro.  

Aquel día lejano del que ya no tengo noticias, podría haber sido cualquier día de mi pasado, como tampoco las tengo de aquel tipo. Ninguno fue decisivo.
Madrid, 11 de enero de 2013
Antonio Misas