sábado, 4 de febrero de 2017

Cómo brillan las estrellas





Para Ignacio Prieto

La búsqueda de la oenegé no daba resultados, demasiados requisitos y nadie se fiaba de un tipo con antecedentes. El mundo me había menoscabado por esa parte que dice causar descrédito en la fama o en la honra. Deambular por la red y por Madrid se había convertido en una empresa inútil. Como contrapartida, aquella búsqueda me había ayudado a asimilar algo que en otras circunstancias nunca hubiera pretendido.

La grandeza de un hombre reside en su corazón abatido. Eso era lo que pensaba ante la infinita paciencia de aquel compañero de trabajo que solía acompañarme a buscar la oenegé. Entre visita y visita a aquellos potenciales clientes hablábamos de nuestras vidas por los fondos de la ciudad. Él, en otros tiempos, se ganó la vida como cámara de televisión, y hasta llegó a tener su propia productora hasta que la crisis le arruinó, ruina de la que no se había recuperado. 

Pasábamos horas viajando de allí para acá en el metro, viendo miles de caras, oyendo conversaciones de otros y soñando con una vida mejor para nosotros. Casi nunca nos deteníamos y solo parábamos para tomar café y comer bocadillos en los bares, sosteniéndonos, soportándonos, aguantándonos en las conversaciones que manteníamos sobre el acierto o desatino que fue vivir deprisa durante aquellos maravillosos años donde otros se hicieron un lugar del que disfrutar en el presente.

Un viernes quisieron apartarle del "proyecto", al siguiente viernes nos despidieron a los dos:

Hacía solo unos días que Alejandro Gándara 
había escrito lo siguiente: 

"A menudo se me reprocha que utilice como insulto la palabra "empleado". Aprovecho para hacer una distinción pertinente entre empleado y asalariado. Asalariados somos la gran mayoría y ésta es una condición de la sociedad en que vivimos que puede aceptarse o no, pero que no hay que padecer con desdoro ni mucho menos con deshonor. El trabajo y las relaciones laborales tienen un grado mayor o menor de indignidad que hay que soportar con el objetivo de atender a las exigencias de la supervivencia. Hasta aquí, quien objete algo es un snob. Pero "empleado" es otra cosa, a saber: quien acepta la norma de vida y las aspiraciones de aquellos que le proporcionan el salario, empleando su remuneración en perpetuar un sistema de vida que debiera ser discutido de cabo a rabo (tanto si se consigue algo con ello como si no se consigue nada). El empleado es el que quiere ser jefe de empleados y atiende, con los siempre menguados recursos de que dispone, a las llamadas del consumo y a los modos y estrategias del arribismo laboral. Sus aspiraciones, para decirlo en síntesis, son comprar y obedecer. Quiere una casa en propiedad, un coche, un loden y vástagos bilingües, tanto en lo material como en lo espiritual. Ha abandonado, por pereza moral o por desinterés, el propósito de cualquier existencia humana que pueda llamarse tal y que no es otro que comprender el mundo en el que vive para intentar cambiarlo. Cuando Platón decidió expulsar de su República a aquellos que no tenían otro interés que el suyo propio en detrimento del común y que exigía amar el conocimiento, estaba hablando del "empleado" contemporáneo, aunque él no conociera esta especie tan a fondo como nosotros. De modo que voy a seguir utilizando el insulto tanto si gusta como si no."
Respondí:  
"Nunca me había llamado la atención esa diferencia (entre empleados y asalariados). Tampoco profundicé otras veces cuando te referiste a ello. Ahora que vuelves con esto me doy cuenta que cada vez que repaso las consecuencias de mi vida; no haber aceptado ciertas normas ni aspiraciones (dadas) fue soportado por ellos (los empleadores) durante cierto tiempo. El coste de no obedecer me ha proporcionado una (incómoda) pobreza material y una diferencia abismal, en todos los sentidos, con los "empleados" de éxito que (inevitablemente) me relaciono. No hay aproximación ni en posesiones ni en conversaciones. Haberme apeado de forma "voluntaria" de esos trenes me ha traído irreparables consecuencias. Cada vez más el salario que recibo y las condiciones que soporto se parecen más a una limosna. No me rindo."  

En el polígono de Villaverde vamos soportando la lluvia, calándonos los abrigos y los huesos. 

Llueve Lloviendo piedras como en aquella película de Ken Loach.  


Antonio Misas, a 4 de Febrero de 2017