sábado, 1 de octubre de 2016

En el aniversario de “La Revolución de los Claveles”



Seiscientos treinta, trescientos cinco, quinientos veintiuno, ciento treinta y cuatro, cuatro…

…por la mañana me llamaron desde ese número largo de centralita. Ni siquiera conozco el nombre de aquella señora del juzgado que me llamaba para ratificar la sentencia y que al día siguiente a las nueve y medía quedé en ir a ver. - No faltes, me dijo y colgó-. Reconozco que al principio me preocupé y pasé el resto del día dentro de un malestar inusual, incrementando el mismo con el que llevaba conviviendo todo este tiempo.

La primera semana después de soplar fue de incertidumbre, de pesadumbre, no sabía que ocurriría con mi carnet y con mi vida mientras esperaba el juicio rápido. Deambulaba sin fin por el verano de Madrid sin centrarme en el trabajo de prospección, y por las noches apenas descansaba cuando lograba conciliar el sueño.

Hay ciertas sensibilidades que se despiertan en los momentos difíciles, la mente busca incesante la belleza del mundo, la casualidad en las cosas bonitas. La mente se entretiene en el misterio inacabable de las pequeñas razones por las que permanecer aquí buscando señales y momentos gratos dentro de la tormenta, y ese mismo día por la tarde, atravesando la plaza de Manuel Becerra vi a una chica con un vestido largo boho que me recordó a Angharad Rees, la Demelza de la primera serie de Poldark, la de mi infancia. Lo interpreté como una señal de que las cosas podrían empezar a mejorar. Bajé hacía ventas y entré sin muchas ganas en la vieja librería salesiana Don Bosco. Me dirigí a una mujer que no me escuchó y después hablé con un encargado con aspecto de personaje literario del siglo diecinueve que tenía una pequeña cuna de niño Jesús en las manos y que me escuchó como quien oye llover, miré sus cámaras prehistóricas una vez más y me fui. Un poco más abajo entré en una peluquería y cuando vi que eran chinos, me quedé a cortarme el pelo con la intención de acudir al juzgado con un mejor aspecto.

Había pasado el día haciendo prospección comercial por Madrid. Habían dejado de darme visitas de telemarketing, pues ya no podía cubrir largas distancias en breves espacios de tiempo, era una cuestión de física. Ya todo lo tenía que sacar de mis esfuerzos directos, las tarjetas que entregaba para que me devolvieran una cita, ya no me revertían, simplemente, no volvía a saber nada más. Aquel mundo voraz de entrar a los negocios a puerta fría se había vuelto todavía más áspero, había dejado de disfrutar ofreciendo a la gente cámaras y alarmas, seguridad para su negocio. Había comenzado un declive del que ya no podría volver.

El día que notifiqué en la empresa la pérdida del carnet de conducir cambió la actitud de mi jefe con respecto a mí, reprochó mi mala conducta y desde ese momento dejó de tratarme como a uno de los suyos. Empezó a crearse ese abismo que acabaría separándonos del todo y en consecuencia acabarían despidiéndome veinte días después.

Al día siguiente me presenté en el juzgado a las nueve y media. Permanecí ante aquella señora con aspecto de madre protectora todo el tiempo que le llevó escribir la ejecutoria de la sentencia. Me entregó los papeles donde decía que el veinticinco de abril (de dos mil diecisiete) acabará la condena y recuperaré la libertad de conducir.

¿No será esa fecha otra señal?    

Madríd, 1 de octubre de 2016

Antonio Misas