sábado, 16 de mayo de 2015

La vida es un cortometraje de setenta años

Antes de abrir la puerta del portal se vio reflejado en el gran escaparate que formaba la cristalera. Bajó despacio los dos escalones y observó que se había hecho mayor. Pensaba que había madurado tarde, que nunca estuvo a la altura de las circunstancias y que para todo lo que vivió y le ocurrió viviendo, él, siempre fue a la zaga, no por ser un inconsciente, sino un cobarde. Había vivido evadiéndose de responsabilidades y problemas. Y ahora, cerca de esa edad no quería ocultar que había coexistido con una especie de permanente evasión.

Salió a la calle, cruzo el jardincito mirando a las plantas y sintió el sol y el viento fresco y suave sobre la piel. Esa sensación le recordó que en el norte ya era tiempo de playa. Giró por la esquina y entró en la taberna de los chinos. El camarero chino nada más verle agarró una jarra grande y se puso en el grifo a tirar cerveza, después de derramar un poco, dio otro golpe de espuma y la posó delante de aquel hombre que nunca decía nada.

Sabía bien que siempre tuvo una disculpa escrupulosa, una inmadurez en la que refugiarse, una falta de razonamiento, un incomodo beber para forzar un olvido voluntario cada vez que debía afrontar una dificultad.

También sabía que las cosas no hubieran podido ser de otra manera, porque reconocía que él vivió siempre atormentado con ese peso de la responsabilidad, y la sola idea de la obligación, le aterraba.

A la hora de morir, especulaba con esto, se confesaría ante los que reconocía como sus seres queridos y ante Dios, que siempre estuvo presente en los momentos de confusión. Reconocía que su vida había sido un desperdicio. Les diría a todos algo así:

- Nunca fui leal conmigo mismo, ¿Cómo lo iba a poder ser con los demás?. Siento que me apoyé en la disculpa del fracaso y que no supe vivir sin ese caos que me arrastró a un inevitable naufragio permanente. Eso es todo lo que hice. Espero que podáis perdonarme...

Con un gesto indicó al camarero chino que le sirviera otra jarra de cerveza. Sabía bien que después de la segunda, los fantasmas le empezarían a sonreír y hasta el mismo dios se acercaría a él y con un gesto de complicidad, le daría unas palmaditas en la espalda, las mismas palmaditas de siempre.   

Madrid, 16 de mayo de 2015
Antonio Misas