domingo, 4 de enero de 2015

madrugada de cigüeñas

Salió de aquel lugar y no volvió la vista atrás, allí dejó a los cigüeñas que se hicieron cargo de él en las últimas horas de la madrugada para que no estuviera solo cuando R se marchó. Le acompañaron durante ese tiempo muerto que debería de haber pasado durmiendo antes de ir a buscar a V.  Estuvo con ellos en su fiesta, esperando al amanecer que le llevaría otra vez a la rutina. No pudo dominar esa intrusión de pensamientos que hacían que no estuviera del todo en el lugar en el cual se encontraba. Durante los momentos que pasó con ellos no paró de darle vueltas con el dedo al hielo del gin tonic. Se le fue pasando el tiempo en eso de no saber vivir, de no saber qué hacer con aquello tan fundamental de su vida que últimamente le venía atormentando, y sentía que se le derramaba sobre las ideas como una balsa de aceite, crudo y espeso, que le asediaba y le producía un decaimiento que no solo era propio de aquella noche, si no, de todos los desvelos de la madrugada. La luz tenue, las cortinas rojas de los reservados y los cigüeñas riendo y agarrando por la cintura a aquellas chicas ligeras de ropa, no conseguían animarle. En otro tiempo había dominado de forma mecánica lo que ahora no dejaba de rondarle la cabeza. Daba igual haber estado en aquel burdel donde las chicas no le parecían ni atractivas, donde lo único que le importaba era poder pasar el tiempo y su embriaguez con aquel grupo de tipos que se divertían y sabían vivir, dios sabe lo que tendrían ellos en sus cabezas aparte de las ganas de querer divertirse bebiendo y consumiendo sicotrópicos para celebrar su reunión anual de diciembre. Todo le parecía que llegaba envuelto de ilusiones por navidad, esa sola idea le aterraba, enaltecer la amistad y el amor con verdadero fervor, pero todo eso también se disipaba en los primeros días de enero provocándole un gran vacío y un pesar en el alma que le producía un desasosiego insoportable.

Para él, la vida siempre estaba revuelta por los fondos con asuntos que había que resolver (tan simples y tan importantes como eran el trabajo; su medio de subsistencia, y el prolongado distanciamiento que se había producido con sus seres más queridos; una grave pérdida de afectos) para poder estar en paz consigo y con el mundo, y a menudo buscaba mecanismos que le ayudaran a remediarlo de forma momentánea hasta que se convertían en una intensa pesadumbre. Se agarraba a otras cosas para excusar la urgencia, aunque al final se le acababa volviendo una obsesión que le complicaba la existencia. Aplazaba, esos asuntos urgentes, temeroso de encontrarse con el problema que inevitablemente iba creciendo y que nunca dejaría de llevar su nombre. Y eso le parecía que era existir; donde había momentos confortables y otros en los que había que ser valiente y afrontar la realidad de forma responsable.

Y en enero seguía postergando diciembre y las reflexiones de aquella madrugada que pasó con los cigüeñas, empezó dos mil quince sin resolver lo que le preocupó durante todo un año que había pasado fondeado en esos pequeños y grandes asuntos que le perturbaban una paz que inventaba consciente, en la que se resguardaba, se regodeaba y hasta se protegía, esperando, soñando casi, con que un día se pudiera levantar de la cama y agarrarse a todas esas formas de preocupación para resolverlas. Se sintió cobarde e incapaz de afrontar el futuro. Supo que se le había marchado la determinación y la serenidad de otros tiempos, pero no pudo saber en qué momento.

Aquella madrugada con los cigüeñas, en la que reconoció sentirse incapacitado por el tedio propio de la mera existencia, tuvo la certeza y el valor de reconocerlo, y aunque le pareció paradójico, supo que era una especie de buena nueva, la señal de que ya empezaba a resolvérsele la vida.       

Madrid, 4 de enero de 2015
Antonio Misas