domingo, 8 de diciembre de 2013

Nunca volveré a California

El sol brillaba espléndido en la bahía de San Francisco. M y yo, éramos unos niños cargados de ilusiones con toda la vida por delante.  Por la noche acudimos a un concierto en el Pier 39, bebimos y bailamos, y soñamos con ser otros. 

Después de unos días, al regresar a Long Beach, estuvimos de copas con Matud, Paul y sus amigos. Paul nos enseñó sus cuadros y un mural que había pintado en un edificio de la ciudad. En aquellos días que pasamos recorriendo California no esperaba nada y lo esperaba todo de la vida y ahora, muchos años después estoy agradecido de todo lo que me ha traído, agradecido de M y del pequeño Al, que a pesar de haberlos postergado durante años, me han esperado como si no hubiera pasado nada, como si todo hubiera sido una laguna para mi mente.

Soy un ser privilegiado al que A no acabó de comprender en estos últimos años, pero al que ofreció lo mejor de su vida e hizo feliz y procuró una paz que hasta entonces no había conocido.

Sé que nunca volveré a California, que nunca volveré a ver la vida así, tan cargado de ilusión como la vi entonces y que ya nada ocurrirá con esa sensación de inmortalidad que padecí como una enfermedad irreversible, ahora todo es efímero y abundante, porque cada día, tan breve,  está lleno de tiempo que vivo como si se tratara del último y eterno minuto de mi vida.

Madrid, 8 de diciembre de 2013

Antonio Misas