jueves, 1 de agosto de 2013

La última excusa


El lugar no significaba nada, cualquier lugar. La vida a veces era un transcurso, quiero decir, daba lo mismo estar aparcado o pasando por ella. El calor, el frío, la lluvia, el verano. El ruido, el silencio. La luz, la oscuridad. Había solo que estar vivo. Pero ella apareció un día en la vida de aquel tipo, y alguien le dijo todo esto y él, se vio así.  Para él, evocarla era sencillo, venía solo, y detrás, todo esto. No había más. Los pequeños vacíos, los grandes vacíos y ella. Se jodió aquello de simplificar la vida. Se acabó permanecer envuelto de paz. Toda masa gris desplaza el mundo. La receta era saber dosificar aquello y reconocer que si alguna vez pensó que había estado por encima del bien y del mal, ahora era todo diferente. Se acabó.

Solo con las ocurrencias necesarias se sale adelante y se consigue dormir bien. No era la primera vez que una mano agarraba su corazón. En su cabeza solo oía el ruido de la hora punta. Se repetía la imagen del mismo grafiti de siempre «solo solos somos libres».  

Él sabía que ella tenía buenas intenciones pero también sabía, que no se volverían a ver. Ella no necesitaba a nadie que alterara su ritmo. No necesitaba que viniera nadie a ponerlo todo del revés.

Todo esto lo pensaría el veintiséis de agosto mientras hablarian por teléfono y ella le pondría la última excusa.   
_ Hay hombres que se quedan varados dentro de los edificios enfermos.

_ Un bar vacío de madrugada, también es una cuneta.


Madrid, 1 de agosto de 2013
Antonio Misas