domingo, 6 de mayo de 2012

Verdades y Mentiras




Heinrich observó a la chica, se alejaba. Ella le había llamado puto alemán. Se alejaba con el andar que tienen las altas y delgadas con tacones y pantalones acampanados, agarraba el bolso con la mano y se daba aire. Pasaba por el adoquinado de la gasolinera de María de Molina y ya no miraba atrás.   Heinrich ya no escuchaba a nadie, miraba su melena negra. Pronto regresaría solo a Berlín.  ¿En qué momento pudo haberla ofendido?...    

Vio como la chica levantaba el brazo y paraba un taxi, pensó en sus manos finas, en sus dedos largos, en sus ojos oscuros, en su piel morena.

Aquel día de primavera Madrid era hermoso. Después de un largo mes, Heinrich había clausurado el curso en la escuela de economía con un discurso alentador para España. Se hicieron fotos a la salida. Todos se sentían optimistas, reían e intercambiaban opiniones. Eran nuevos emprendedores y jóvenes empresarios.  A ella le reconoció en privado que en su discurso se había limitado a “decir lo que se debe de decir”. En ocasiones tan delicadas como esta, nunca se debe decir la verdad.   

Madrid, 6 de mayo de 2012


Antonio Misas