sábado, 13 de noviembre de 2010

La luz instantánea de la tristeza


Para José Luis Conde, Bernardo Alonso, José Antonio Velasco y Juan Antonio.

No hace tanto de aquello. Fumábamos en la parada del bus. Era una parada de fumar en el bosquecito de la esquina del edificio. Berny siempre tenía algo bonito que decir a las chicas y las chicas entonces se sentían bonitas. Velasco por entonces llegaba en silencio, ladeaba la cabeza, sacaba solo un cigarrillo del bolsillo, se lo ponía en la boca, lo cubría con una mano, lo encendía y sonreía, y sus ojos pequeños se iluminaban. Las cosas no le iban bien en casa y aquel trabajo estaba llegando a su fin. Conde bajaba después. Se aproximaba por la acera y su gesto serio desaparecía cuando nos saludaba. Se metía debajo del tejadillo y a Velasco, afectuosamente le llamaba “la Velasca” y entonces empezaban las conversaciones, las conjeturas, las oportunidades, las circunstancias de un tiempo que ya no manejabamos pero en el que todos nos dábamos valor a todos. Juanan hablaba poco y sonreía cuando Berny le arropaba...

Entre cigarro y cigarro nos crecíamos y cada minuto que pasaba era un trocito del tiempo en el que volvíamos a ser aquellos que siempre fuimos, aquellos que ya no nos dejaban ser. Algunos estuvimos en aquella parada de paso. Sabíamos que el bus nunca se detendría allí para nosotros, pero en aquella parada... algo, o todo volvía a ser como siempre habíamos soñado que era.

Madrid, 12 de noviembre de 2010
Antonio Misas