martes, 11 de mayo de 2010

octubre, octubre

Nos vimos en octubre, llevábamos unos días sin afeitarnos y cuando nos vimos nos hizo gracia, nos sentamos a la mesa y nos miramos a los ojos igual que lo hiciéramos un año antes, con verdadero amor fraterno.

Le jodía que yo le dijera que él y yo empatábamos bien, él me decía que aquello no existía, que decirlo así no era usual ni correcto y yo le decía que para mí sí, que a mí se me ponía de los cojones decirlo así y entonces él se echaba a reír y pedía otro pelotazo.

Yo siempre decía que a este tipo me lo había puesto Dios en el camino para saber que soy bueno y soy malo, y para que él me ayudara a encontrarme. Él me iba descubriendo su vida, sus verdades y mentiras, el arte de la diplomacia y de la guerra, y cada vez se consolidaba más aquel rebrote de fiebre adolescente que nos había dado más allá de los cuarenta. Era, de pronto, mi mejor amigo, mi nuevo hermano mayor. Vivíamos sueltos, despreocupados, disfrutábamos del momento cerrando todos los garitos de Madrid y nos cubríamos las espaldas, aunque pronto acabamos volviéndonos confiados y en consecuencia, indiscretos.

Un día, me desperté con la mirada de Caín. La intención de recuperar mi sombra me empezó a obsesionar y pensé que había llegado el momento de decir adiós a Peter Pan.



Madrid, 11 de mayo de 2010
Antonio Misas